NOTA del LE MONDE diplomatique de diciembre 2020. Lo que se venia, lo que está y viene.
A PESAR DE LA VICTORIA DE JOSEPH BIDEN
Peligrosa prosperidad del trumpismo
El próximo 20 de enero, Joseph Biden se convertirá en el nuevo Presidente de Estados Unidos. Pero su gobierno ya se anuncia difícil. Los partidarios de Trump rechazan enérgicamente el resultado del escrutinio presidencial y disponen de un Partido Republicano cuyo poderío permanece intacto.
Protestas armadas en rechazo a la victoria de Biden, Lansing (Michigan), 7-11-20 (Seth Herald/AFP)
Luego de algunos días de suspenso, Joseph (“Joe”) Biden finalmente derrotó a Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Sin embargo, esta victoria a medias tintas no se corresponde con el repudio definitivo que los demócratas habían deseado con tanto fervor. De hecho, las elecciones resultaron bastante desastrosas para ellos. A pesar de la fortuna que habían recaudado para financiar su campaña (1.500 millones de dólares en tan solo tres meses, de julio a septiembre) (1), no lograron recuperar el Senado, perdieron escaños en la Cámara de Representantes y no llegaron a ganar la mayoría de las legislaturas estaduales, que poseen un enorme poder en el sistema federal estadounidense.
La incómoda verdad es que, sin la pandemia de Covid-19 y la catástrofe económica que sobrevino –la tasa de desempleo alcanzó el 14,7% en abril, la cifra más elevada desde la década de 1930–, Trump iba camino a la reelección. Expuesto durante cuatro años a las incontables mentiras del Presidente, a sus metidas de pata durante la crisis sanitaria y a sus múltiples provocaciones, el pueblo estadounidense respondió concediéndole al menos 73,7 millones de votos (2), es decir, más que ningún otro candidato republicano en la historia, e incluso 10 millones más que en su propia victoria de 2016.
Relaciones invertidas
En febrero de 2020, la economía se encontraba en auge. El desempleo estaba en su nivel más bajo (3,5%), la inflación no superaba el 2,3% y, en el último trimestre de 2019, el crecimiento había aumentado a un ritmo vigoroso de 2,4%. Este dinamismo, asociado a la ausencia de conflictos bélicos de envergadura –en una época en que el aislacionismo domina la opinión pública– y a la ventaja que tiene cualquier candidato en funciones, llevaba a muchos politólogos y economistas a prever una victoria de Trump (3). Y aunque finalmente el empeoramiento de la situación sanitaria y económica terminó por comprometer sus posibilidades, lo cierto es que el panorama político de Estados Unidos no se ha librado del trumpismo.
El personaje no solo conserva el apoyo de decenas de millones de partidarios fervientes y leales, sino también de varias organizaciones conservadoras como el Club for Growth (“Club para el Crecimiento”, hostil a la fiscalidad y a la redistribución) o el Family Research Council (un grupo de cristianos evangélicos que se opone al aborto, el divorcio, los derechos de los homosexuales…), y de varios medios de comunicación, como Fox News o Breitbart News. Además, aún persisten los ingredientes que hicieron posible el éxito de Trump en 2016: la hostilidad hacia los inmigrantes en un país que está experimentando la transformación demográfica más importante del último siglo, la animosidad racial, la condescendencia de las élites instruidas hacia las clases populares y la sensación cada vez más generalizada de que la globalización sirvió a los intereses de las multinacionales y las clases superiores a expensas de la mayoría.
El trumpismo se inscribe en una revuelta “populista” mundial contra las elites políticas, económicas y culturales, de la que forman parte sobre todo aquellos cuyas vidas se vieron alteradas por la globalización y la desindustrialización. Como observa John Judis, el “populismo de derecha” tiende a prosperar cuando los partidos mayoritarios ignoran o minimizan los verdaderos problemas (4). En este sentido, los demócratas tienen una responsabilidad abrumadora en el nacimiento del trumpismo y su consolidación. Así, el apoyo de William Clinton al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que entró en vigor el 1º de enero de 1994, y la presión que ejerció este ex presidente para facilitar la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) supusieron un duro golpe para el mercado laboral estadounidense. Según una estimación del Economic Policy Institute, la entrada de Pekín a la OMC le habría costado 2,4 millones de empleos a la industria manufacturera de Estados Unidos (5).
Por su parte, Barack Obama no hizo mucho más para demostrar que el Partido Demócrata se preocupaba por las clases populares: nombró como secretario del Tesoro a un amigo de Wall Street (Timothy Geithner), no quiso enjuiciar a los banqueros responsables de la crisis de 2008 y no supo proteger a los millones de estadounidenses que entonces perdieron su vivienda y jubilación. Hace cuatro años, los demócratas pagaron un alto precio por su frenesí de libre comercio. Según un estudio de David Autor (6), economista del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, en inglés), la pérdida de empleo vinculada al desarrollo del comercio chino le podría haber dado a Trump los pocos puntos que aseguraron su éxito en los Estados industriales de Michigan, Wisconsin y Pensilvania, decisivos en su victoria de 2016.
Aunque históricamente ha sido considerado el “partido de los trabajadores”, el Partido Demócrata sufre desde hace mucho tiempo una erosión del apoyo de las clases populares, en particular de quienes se declaran “blancos”. Esta tendencia se confirmó en 2020. De acuerdo con los primeros sondeos de boca de urna (7), Trump habría obtenido el voto del 64% de los blancos sin estudios universitarios (contra el 34% para Biden) y, además, gozaría de una sólida popularidad entre los votantes cristianos evangélicos (el 81%) y los habitantes de zonas rurales (el 65%). Las circunscripciones más pobres del país, donde los conservadores comenzaron a arraigarse en 2020, son actualmente las más propensas a votar republicano, mientras que cuarenta y cuatro de las cincuenta circunscripciones más ricas –y la totalidad de las diez más ricas– apoyan ahora a los demócratas. Esta inversión de las relaciones entre clase social y preferencia política ofrece un terreno fértil para un resurgimiento del trumpismo sin Trump. Si los demócratas no llevan a cabo un cambio de rumbo radical, los más pobres podrían seguir inclinándose por los republicanos, quienes tienen una lista de chivos expiatorios para explicar sus problemas: los inmigrantes, los negros, los extranjeros, las “elites” …
Disparidades exacerbadas
Pero, no hay que confundirse: el Partido Republicano se ha convertido en un partido de extrema derecha, tan virulento en muchos aspectos como las formaciones autocráticas que gobiernan hoy en día Hungría o Turquía. Tras expulsar a sus opositores –entre ellos, el senador de Arizona, Jeff Flake (2013-2019), y el representante de Carolina del Sur, Mark Sanford (2013-2019)–, el partido está ahora en manos de los trumpistas y probablemente lo seguirá estando en un futuro cercano. En Estados Unidos, el “populismo de derecha” representa un peligro aun mayor que en muchos países europeos, donde el sistema de representación proporcional suele relegar –incluso si existen excepciones– a los partidos de extrema derecha a los márgenes del juego político, como en los Países Bajos (donde el Partido por la Libertad solo obtuvo el 13% de los votos en las elecciones parlamentarias de 2017) o en España (donde Vox no consiguió más que el 15% en las elecciones generales de 2019). Por su parte, los partidarios del presidente saliente de Estados Unidos controlan uno de los dos principales partidos y el sistema de escrutinio uninominal mayoritario a una vuelta sigue constituyendo un gran obstáculo para el surgimiento de otras formaciones. Por consiguiente, el sistema está preparado para la llegada de un demagogo aun más peligroso que Trump. Imagínense el carisma de un Ronald Reagan combinado con la inteligencia y disciplina de un Barack Obama…
Biden llega al poder en un país polarizado, donde el Covid-19 exacerbó las disparidades sociales. Según el Departamento de Trabajo, Estados Unidos está atravesando la crisis económica más desigual de su historia, ya que la expansión del teletrabajo favorece de manera significativa a las personas con mayor formación. En el apogeo de la crisis, la tasa de destrucción de puestos de trabajo mal remunerados era ocho veces más elevada que la de los empleos bien pagados. Los asalariados e independientes con título universitario tenían, proporcionalmente, cuatro veces más probabilidades de poder ejercer su actividad desde su casa que los trabajadores sin título superior (8). Mientras tanto, los estadounidenses más ricos se llenaron aun más los bolsillos. Entre el 18 de marzo, fecha del inicio del confinamiento, y el 20 de octubre, la fortuna de los 643 multimillonarios del país aumentó en 931.000 millones de dólares, lo que representa casi un tercio de su riqueza total. Biden está especialmente en deuda con estos ultra ricos, quienes, con donaciones de 100.000 dólares o más, recaudaron en seis meses 200 millones de dólares para su campaña. Los principales centros de poder financiero de Estados Unidos –Wall Street, Silicon Valley, Hollywood, los fondos de inversión– reconocen en él a un presidente que no va a amenazar sus intereses.
Con un Senado que probablemente seguirá presidido por el implacable senador de Kentucky, Mitch McConnell, no va a ser fácil para Biden poner en marcha las medidas de su programa. Aparte de quedar sometido al mando de la derecha en el Senado, el presidente electo también sufrirá las presiones del ala izquierda de su partido, con Bernie Sanders y Elizabeth Warren a la cabeza. Si una situación como ésta le haría la vida difícil incluso a los dirigentes más resueltos, qué quedará entonces para “Sleepy Joe” (9)… Esto sin mencionar que el nuevo Presidente deberá asimismo distinguirse de las políticas de Obama –a quien sirvió lealmente como vicepresidente–, que dieron lugar al surgimiento de Trump y su movimiento. Para lograrlo, tendría que renunciar al centrismo prudente que marcó toda su carrera, y dar, al igual que su partido, un giro radical.
Necesaria estrategia popular
¿Qué forma podría tomar ese viraje? Una estrategia popular consistiría en proponer un impuesto a los beneficios excesivos, en particular para quienes se enriquecieron durante la pandemia, en la línea de los impuestos que se establecieron tras la Segunda Guerra Mundial. No cabe duda de que la administración de Biden tratará de hacer pasar un plan de recuperación, pero es posible que éste no se dirija a las grandes empresas (como el de Obama en 2009), sino a los más directamente afectados por la crisis: los trabajadores de bajos ingresos, los desempleados y las pequeñas empresas. Biden también podría presentar un dispositivo que realmente proteja a los millones de inquilinos y pequeños propietarios que corren el riesgo de ser desalojados en plena pandemia.
Desde luego, un Senado de mayoría republicana no aprobaría estas medidas. Pero si las defendieran con tenacidad, los demócratas manifestarían fuerte y claro su renovado compromiso con las clases populares, siguiendo el espíritu del New Deal de Franklin Delano Roosevelt. Esto les permitiría, en las elecciones de medio término de 2022, presentarse como una solución ante el inmovilismo de los republicanos. Y, de hecho, sería la mejor manera de impedir el retorno de un nuevo tipo de trumpismo, aun más tóxico que el original.
1. Rebecca R. Ruiz y Rachel Shorey, “Democrats see a cash surge, with a $1.5 billion ActBlue haul”, The New York Times, 16-10-20.
2. Cifra del 20 de noviembre de 2020.
3. Véase, por ejemplo, “Trump is on his way to an easy win in 2020, according to Moody’s accurate election model”, CNBC, 15-10-19.
4. John B. Judis, The Populist Explosion: How the Great Recession Transformed American and European Politics, Columbia Global Reports, Nueva York, 2016.
5. Robert E. Scott, “US-China trade deficits cost millions of jobs, with losses in every state and in all but one congressional district”, Economic Policy Institute, Washington D.C., 18-12-14.
6. David Autor et al., “Importing political polarization? The electoral consequences of rising trade exposure”, American Economic Review, Vol. 110, N° 10, Nashville, octubre de 2020.
7. “National exit polls: How different groups voted”, The New York Times, noviembre de 2020, www.nytimes.com
8. Heather Long et al., “The Covid-19 recession is the most unequal in modern US history”, The Washington Post, 30-9-20.
9. “Joe, el dormilón” es uno de los apodos con los que Trump ridiculizó a su adversario demócrata.
* Profesor de Sociología en la Universidad Berkeley, California.
De lunes a viernes de 6 a 8
En Dùplex / CAÌMI A LAS 6
Mantenete informado con Eduardo Caími junto a Romina Calderaro, Max Delupi y Analía Graffigna.
RadioBar Producciones
#QuedateEnCasa
Por Jerome Karabel* / Traducción: Andrea Romero /













Comentarios
¡Sin comentarios aún!
Se el primero en comentar este artículo.
Deja tu comentario